Esta mañana he tenido acceso a un artículo sugerente en Yaleglobal sobre deporte y política en Asia (algunos sabeis de mi afición por el tema), sobre el que me gustaría compartir algunas ideas, y quizás, generar algo de debate.
Coincido plenamente con el autor del artículo, en que el deporte de competición puede ser un buen ‘marcador’ de elementos económicos y sociales, significativos para un análisis de las relaciones internacionales (ya que este tipo de prácticas son en si mismas relaciones internacionales), aunque no estoy de acuerdo en que también sirva como metáfora suficiente, sobre la que evaluar ‘bondad’ de los sistemas políticos y de organización de la sociedad. Así, obviamente es necesario discrepar de las afirmaciones (algo desafortunadas) de la idoneidad de las ropas islámicas para practicar según que deportes, algo que me parece más fruto del prejuicio cultural, que de la reflexión.
Sin embargo, sería una pena no observar como, por ejemplo, China y Corea del Sur han depositado un mayor interés en obtener buenos resultados en las competiciones deportivas, y por encima de todo, obviar que las victorias tienen una influencia significativa en el orgullo nacional.
En mi opinión, lo que el teatro es a la vida, podría serlo el deporte de competición a la política internacional.
No se identifican, pero nacen en un contexto concreto y con una voluntad definida. Para el observador cítrico, es posible obtener información valiosa, siempre y cuando se mantenga alerta y consciente del nivel de representación ‘metafórico’; es decir, que no caiga en el error de pensar un ciudadano inglés medio, es la suma de Ricardo III y David Beckham.
Ejemplos famosos de la relación entre deporte y relaciones internacionales, podrían ser la diplomacia del Ping-pong, las guerra del fútbol (sirva la referencia, de sentido homenaje Riszard Kapuscinski, fallecido recientemente, como siempre en estos casos, demasiado pronto), la diplomacia del críquet entre India y Pakistán, los embrollos políticos de la final de fútbol China Japón del 2004, la participación conjunta de las dos coreas en los JJOO… todos ellos ejemplos del efecto ‘marcador’ del deporte, y muchos de ellos asiáticos.
Me permito añadir aquí, que aún con mayor fuerza que en otros lugares, el deporte puede ser útil para comprender fenómenos de política internacional en Asia, donde constituye en algunos casos una red de emergencia, de ámbito regional, y suficientemente institucionalizada, que retransmite fenómenos de la zona más allá de lo que son capaces los actuales marcos de cooperación regional.
Y es que una idea que me gustaría proponer al debate, es si, hoy en día, el deporte de competición incorpora elementos deseables para algunos (entre los que me incluyo), y de los que el sistema internacional no ha sido aún capaz de dotarse.

Así, existen normas de cumplimiento universal, gestionadas por instituciones (teóricamente fuera del control de los gobiernos nacionales). En deporte, y a diferencia de otros marcos de relación entre estados, existe un componente de ‘justícia’ (o de injusticia, según como se quiera ver), que permite que el pequeño pueda enfrentarse al grande, en teórica igualdad de condiciones (incluso es un sistema que incorpora la realidad de la injusticia ‘social’, en el teórico esquema de igualdad, con lo que en la práctica es efectivo –es decir, los brasileños acaban jugando al fútbol en Europa por cuestiones económicas, o los países ricos disponen de mejores instalaciones para la práctica deportiva-, por lo que incorpora la desigualdad del sistema). El ejemplo de las competiciones a doble partido (un enfrentamiento en casa de cada uno de los contendientes) es un ejemplo de esta voluntad favorecedora del equilibrio.
Existe un juez, que dispone del poder de decisión según la actuación, y sin condicionantes históricos o políticos: el antiguo vencedor, deberá volver a quedar primero si desea salir nuevamente airoso… y en principio, vence aquél que más desea la victoria (y trabaja para conseguirla), que no siempre, será el mismo.
Como reflexión final, quisera añadir una consideración de tipo antropológico; decir que a mi modo de ver, el deporte ha resuelto mejor que la política (quizás porque ha sido considerado inútil hasta ahora, y por lo tanto, se ha manipulado menos), la relación del individuo con su vertiente más primaria (y me temo, que totalmente vigente bajo la piel de la cultura).
Es decir, (y tal y como afirma John Gray en su último libro), el ser humano tiene instintos que lo diferencian muy poco del resto de los animales, y que en algunos casos, se encuentran reprimidos. La versión idealista de la política, tiende a reprimirlos bajo el manto de un ser ‘cuasidivino’, que debe desterrar sus pulsiones, mediante condicionantes morales o ideológicos (en este sentido, el autor habla de cristianismo y sus derivados, como el marxismo, como modelos en los que el hombre es el centro de la creación y le da sentido), que tienen el objetivo final del progreso científico, que hará progresar a su vez al ser humano ‘moralmente’.
Sin embargo, el libro parte de la premisa que si bien el progreso científico es innegable y poco dado a dar vuelta atrás, este progreso no va parejo con un desarrollo ético y político del ser humano, que tiende a recaer cíclicamente en las mismas pulsiones (como sabemos, el descubrimiento de la rueda es más imperecedero que por ejemplo, el respeto a la vida del prójimo).
La idea -nada halagüeña- que sugiere el autor, es que gracias al progreso científico, cada recaída se produce con instrumentos más mortíferos.
El deporte por el contrario, es el ámbito de expresión reglada y en buena parte inocua, de estas pulsiones (la competencia ‘violenta’, la lucha por la victoria sobre el oponente, el sacrificio personal en pos de un bien colectivo, una cierta selección natural…. elementos a los que, como motor de la especie, nuestro cerebro está bastante más acostumbrado). El deporte acepta estos instintos profundos y las canaliza en expresiones ‘de fogueo’, que no son un peligro para la vida de los individuos.
Las marcas no dejan de batirse año a año, pero nadie atribuye al nuevo plusmarquista, mayores virtudes morales que a su antecesor. En este caso, y en una opinión para el debate, el deporte se adelantaría en algunos aspectos, al sistema internacional de instituciones políticas y jurídicas, en cuanto a su flexibilidad y el logro de imponer la universalidad de las normas.
En fin, una vez lanzada la piedra, procedo a esconder la mano, y os incluyo el artículo publicado hoy en Yaleglobal.
Sport is an age-old metaphor for politics – and Asian affairs analyst Sadanand Dhume looks at the Asian Games in the light of the region’s traditional rivalries. China captured more medals than any other nation, almost three times as many gold medals as runner-up South Korea. China’s geopolitical rival India was ranked eighth, with most of its medals won in more intricate, intellectual games. As emerging powers, China is huge, yet efficient and government-centered, while democratic India is lacking in structured effort. After dominating the games for decades, mature Japan now trails China and feisty South Korea. For Muslim nations, the results of the Asian Games demonstrate that sectarianism, restrictions and intolerance do not make for good training of athletes. Outcomes of sporting events reveal more about levels of confidence and national pride than rhetoric ever could. Still, dominant players of any sport cannot forget that others will struggle to gain, that the greatest contenders never give up. – YaleGlobal
India and Pakistan Get Ready for Cricket
China’s “Peaceful Ascendancy”
Internet Fans Flames of Chinese Nationalism
Learning Globalization From Football