Jerjes y Mariano en Salamina

Recupero este artículo para compartirlo con vosotros (advierto que es de política española, -lo lamento- pero es que es muy bueno…al menos contiene dos referencias asáticas, una Confucio y otra a los persas, por lo que yo lo daría por bueno!).

Lo he estado buscando durante días y que finalmente lo he encontrado. Para mi, brillante en el fondo y la forma.


Enric Juliana
La Vanguardia, Martes 16 de enero de 2007

Mariano Rajoy es mejor orador parlamentario que José Luis Rodríguez Zapatero. Ayer volvió a quedar de manifiesto, con unas salvedades que expondremos más adelante. Acudió Rajoy al Congreso con uno de sus discursos de nogal con pasamanos de níquel, que suelen ser antiguos y modernos a la vez. Concebidos para dar satisfacción a las exigencias de la comunicación americanizante -frases cortas e hirientes que se hunden con facilidad en la mantequilla zapaterista-, y bruñidos con Netol a la manera de antes. Son los de Rajoy discursos con viñetas, como aquellas novelas juveniles de la editorial Bruguera con las que algunos aprendimos a amar la literatura. Da caña en el telediario de las nueve, paga el diezmo al radiofonista Losantos, se ajusta, más o menos, a las tácticas zorrunas del periodista Ramírez, y a la vez deleita a los viciosos del verbo y la floritura: ayer sacó a pasear a la carabina de Ambrosio, vieja metáfora castellana de lo herrumbrosoe inútil; a Confucio, sabio entre los sabios, y a Jerjes, el persa, que fue engañado como un chino, por los griegos, en la batalla naval de Salamina. ¡Salamina! Ahí Rajoy estuvo grande, pero mucho nos tememos que las batallas políticas actualmente no se ganan con puño de hierro y alardes de salón literario. Esa aleación es vieja. Hoy las batallas se libran en los pantanales de lo mediático, un medio pastoso en el que hay que saber combinar razón y emoción.

El presidente del Gobierno no es un intelectual. Ni pretende aparentarlo. Su registro es el de un licenciado medio, especialista en lo suyo: la política parlamentaria. Esencialmente, José Luis Rodríguez Zapatero es un capitán de lansquenetes de la brega política, con unas ideas de fondo, con un liderazgo fraguado por dos victorias en el último minuto (en el congreso de su partido y en las elecciones del 2004), y con un dominio innato de la astucia emocional. Asesorado por gente que han pasado más horas en la FNAC que en el Ateneo, la disposición de las naves en la batalla de Salamina le importa más bien una higa. Zapatero es un populista democrático, como la señora Royal en Francia, que por algo se hace llamar la Zapatera. (Un populista en minúsculas, a la europea, no un Hugo Chávez; no vayamos a trabajar gratis para la cofradía de los Peones Negros).

De manera que mientras Rajoy le llamaba tonto, invocando al gran Jerjes, que fue incauto en la hora decisiva; Zapatero se dirigía a los televidentes pidiendo excusas por el error del día 29 de diciembre, cuando anunció que lo de ETA podía ir la mar de bien. En un momento en el que todo el país habla mal de la política, con una acidez y una amargura profundas, reconocer el error: un error de bulto, un error por el que nadie ha presentado la dimisión en los escalones intermedios, es un movimiento emocionalmente certero; por la sencilla razón de que la gente no está acostumbrada a ello. La batalla de Salamina la ganaron los griegos enviando al campamento de Jerjes a un esclavo que se hizo pasar por traidor. La imagen es bella y de sólo oírla la tercera página de ABC ya se pone tersa. Pero en la era mediática triunfan las transparencias, sinceras o no. Oír a un presidente del Gobierno pidiendo excusas es una novedad en España. Otra cosa es el recorrido político de esa novedad. Quizá sea corto. E incluso podría ser contraproducente si dentro de unos meses las cosas aún se ponen más feas, porque España es puñetera. A las nuevas generaciones, es cierto, les gusta que la autoridad sea moderna, autocrítica y bondadosa, como el padre de la serie Los Serrano. Pero, cuando van mal dadas, a los españoles les gusta ser mandados. En España hay que saber repartir hostias, escrito sea sin ánimo de ofender a nadie.

Sostiene Gregorio Morán que menos metáforas y más realismo. Que la política es un ejercicio frío, basado en un estricto cálculo de fuerzas y de posibilidades. Bajo esta perspectiva, cuya verdad de fondo no vamos a negar, el discurso pronunciado ayer por Mariano Rajoy es el de alguien que está convencido de que el Gobierno va directo al precipicio y que ETA, como defiende el señor Xavier Bru de Sala, ya da por amortizado al PSOE. De manera que los que hoy no comprendan la dureza del PP, ya la entenderán cuando se celebren nuevos funerales. Con su ángulo cerrado, Rajoy da a entender que su partido quizá sabe más de lo que parece sobre lo que se está urdiendo al otro lado de la muga. Goteras en el CNI, apuntó Erkoreka, portavoz del PNV, partido históricamente atento a los servicios de inteligencia.

He ahí una pista para otra enrevesada teoría de la conspiración. Quizás esté llegando la hora de los Peones Blancos. La hora del delirio definitivo: España, octava potencia industrial del planeta, secuestrada políticamente por el bicho terrorista: Alien destrozando circuitos en la sala de reactores.
Alien dueño del cuarto de máquinas y Zapatero, medio noqueado a finales de diciembre, recuperando el aliento después de la manifestación del sábado en Madrid. Ágil y calculadamente agresivo – se guardó algunas réplicas al constatar la dureza de Rajoy-, con toda probabilidad ganó ayer unos enteros, aunque no logró una mejora sustantiva en el crédito social de la política.
El gran riesgo del PP, como siempre, es el de ir más allá del discurso de la firmeza, con el que la derecha, de una manera u otra, siempre acaba teniendo razón. Si aparece como un partido deseoso de que las cosas vayan muy a peor, naufragará de nuevo.
Populista ateniense, el presidente volvió a poner su estrategia en manos de la opinión pública. Rajoy, personalmente convencido de que su contrincante es un perfecto insensato, apuesta por la hecatombe gubernamental. Y entre las naves persas y la isla de los griegos, emergió el señor Duran Lleida, invocado como mediador. CiU, la desdichada, es ahora en Madrid la gran Artemisa. Artemisa de Caria, la más prudente consejera de Jerjes en la batalla de Salamina.

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